El Programa Espacial Estadounidense

Cómo Entender el Programa Espacial Estadounidense

Todo empezó en 1957 cuando Rusia puso en orbita el mentado satélite
Sputnik, que daba vueltas a la tierra y decía, “Bip-bip-bip.” Para Estados Unidos, era una emergencia nacional. Los gringos se volvieron locos de miedo y enojo. Gritaron, “Nadie puede decirnos bip-bip-bip. Vamos a la luna.”

Así se tomó la decisión. No fue del todo racional. Si alguien me dijera bip-bip-bip, no iría a otro planeta. Estoy contento en Jocotepec. Pero EEUU había sufrido una herida grave a su orgullo.

Consecuentemente gastó billones de dólares y doce años construyendo cohetes enormes y bien ruidosos, y ¡Voila! los astronautas llegaron a la luna. ¿Qué encontraron? Piedras. Sí, nada más piedras. ¿Cómo valió la pena? No quiero parecer vanidoso de mi país, pero Estados Unidos ya tenía piedras de alta calidad. Había algunas en mi jardín.

Supongo que los astronautas creyeron que no habían hallado nada fascinante porque habían aterrizado en un lugar no desarrollado, sin centros comerciales. De todos modos, regresaron a la luna varias veces, quizás esperando descubrir una buena cantina con tequila barato y sinfonola con música de Elvis o Lola Beltrán. Pero no. Cada vez, piedras.

Fue una nueva tragedia para la autoestima norteña. Habían ganado a los rusos, pero ellos no eran competidores muy satisfactorios. Los comunistas traían trajes arrugados y sombreros de los años treinta.

Debe de haber, pensaron los científicos gringos, algo en el universo más que piedras, o cuando menos piedras mejores. Decidieron ir a Marte. No tenía sentido, pero el programa espacial no tenía sentido, y por eso no habría falta de consistencia.

El país empezó a construir carritos de golf, con intención de enviarlos a Marte. Los carritos se llamaban Espíritu y Oportunidad, que sonaba mejor que Lunático y Equivocación. Tenían microscopios, telescopios y antenas. Los ingenieros los pusieron encima de cohetes y los lanzaron hacia el Planeta Rojo.

OK. Los carritos de golf llegaron, aterrizaron, y buscaron en todas direcciones con sus telescopiecitos. ¿Qué vieron? La ausencia total de golfistas. Poner carritos en Marte fue un triunfo tecnológico pero una falla trágica de marketing.

Pero había piedras. Muchas piedras, medio rojas. El carrito Espíritu se le acercó a una, la agarró con sus dedos mecánicos, la analilizó, y concluyó en su mentita electrónica, “Sí, una roca. Qué encanto.”

En el Centro Espacial de Tejas, los astrónomos se quedaron extasiados. ¡Una piedra! ¿Quién pudiera haberlo imaginado? Y le costó a Estados Unidos no más quince billones de dólares. Una ganga.

Qué lástima. Yo podría haberles vendido las piedras en mi jardín por, digamos, un billón, un pequeño billoncito, un ahorro de catorce billones para el país. Soy patriota, y dispuesto a sacrificar mis piedras para la patria.

Nosotros los gringos creemos que si una cosa no tiene sentido en absoluto, lo deseable es llevarlo a extremos absurdos. Ahora la NASA quiere enviar hombres vivos a Marte. Golfistas, supongo

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