El Terror en el Consulado Gringo

Los Labios de la Muerte

La primera vez que vi el Consulado Gringo en Guadalajara, pensé, “Qué extraño que haya un parque zoológico en el centro de la ciudad.” Parecía ser tal. Había un edificio, como en el que viven los elefantes en otros países, rodeado con rejas altas y fuertes.  Un zoológico, claramente.

Pero después de quince minutos de buscar sin éxito un hipopótamo adentro, o tal vez una tribu de gorilas, me di cuenta que me había equivocado. Debía ser una cárcel. No me sorprendí de ver guardias afuera para prevenir que los reos se escaparan.

Menos mal. Tengo experiencia con los empleados del Departamento de Estado. Si yo fuera mexicano, yo también los pondría tras las rejas.

OK, pensé. Cárcel, base zoológico-militar, lo que sea. Indagando esta maravilla, encontré el letrero verde que tiene la lista de cosas mortíferas prohibidas en el consulado. Por ejemplo, llaves, todos los líquidos, plumas  y…hebillas metálicas. ¿Cómo? Me imaginé las visitantes diplomáticos con sus pantalones alrededor de sus tobillos.

Tampoco puedes entrar en la fortaleza con libros o revistas. Tiene sentido, esto. Un terrorista podría entrar enarbolando una copia de Trotski, como un sacerdote usando una cruz para espantar a los vampiros, y todos los gringos
saltarían por las ventanas. De todos modos, valdría la pena intentarlo.

No se permite entrar con…lápiz labial. ¿Qué? Al hiperpoder mundial, que dispone de armas con muchos botones y lucecitas que parpadean en colores ¿le tiene miedo al maquillaje? Me fascina. ¿Qué color es más letal? Rosita, quizás. Para mí, rosita siempre ha sido un tinte escalofriante. No se puede confiar en las cosas rositas.

En realidad el lápiz labial no es nada de broma. Es posible que una mujer terrorista entre en el consulado y ¡pun¡ sus labios exploten, y el edificio quede hecho añicos.

Una vez yo estaba por abordar un avión en Washington, DC, y la mujer encargada de la máquina de rayos-X descubrió unas pinzas puntiagudas en mi equipaje de mano. Las confiscó para proteger a los demás pasajeros.

Nunca se me había ocurrido lo grave que fuera la amenaza de pinzas. Imagínate. Durante el vuelo, yo podría haber agarrado a una sobrecargo y gritado, “Llévame a Cuba o, por Dios, ¡le depilaré las cejas!”

Quizás te parece absurdo que el país más poderoso del mundo le tenga miedo a la depilación. Es que no entiendes las consecuencias del terrorismo. Una mujer sin cejas puede perder su autoestima. Miles de sobrecargos con  cejas calvas dimitirían. No habría nadie para darles a los pasajeros sus bolsitas de cacahuates sin sabor ni venderles chelas a cinco dólares cada una. Las aerolíneas estadounidenses fallecerían. Dado que los ladrones de Wall Street ya han saqueado el tesoro nacional, la bancarrota podría suceder. El problema de las pinzas puntiagudas es así de grave.

No me gusta hacer críticas de mi país adoptivo, pero noto que los edificios gubernamentales de México son indefensos. Cualquier terrorista puede entrar con pinzas e intenciones depilatorias. Los labios de una mujer extremista pueden explotar cuando menos se espera.  El peligro es grave.

Qué Dios nos proteja.

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