La Acción y la Tranquilidad

Lo noté por primera vez hace años. Regresando a la ribera, platiqué con el taxista. Me preguntó, “¿Te gusta México?” Todo el mundo quiere que los extranjeros tengan buena impresión de su país. Por supuesto le dije, “Mucho. Es muy buen lugar.”

Me contestó, “Sí. Es muy tranquilo.”

Siempre la misma palabra. Cuando al mexicano le gusta un lugar, es tranquilo. Mérida, Guadalajara, Joco: son tranquilos. El gringo quiere la acción.

Hay grados y excepciones, por supuesto. Pero en su alma el gringo quiere luces brillantes, excitación, aventuras, y moción, moción, moción. Nunca está satisfecho. Nunca se siente tranquilo. Por eso cambia frecuentemente de lugar, de pareja. Por eso lucha por más dinero, nueva casa más esplendida, y trabajo más prestigioso y poderoso. Pero queda vacio.

El mexicano vive en su pueblo con su pareja, sus hijos y amigos y su familia extensa y, tal vez, su perro inútil pero agradable, y su pasado. No tiene muchas cosas, pero tiene suficiente. A mí me parece contento. Tiene lo que el gringo busca sin saber lo que busca. La tranquilidad.

La forma de ser del gringo tiene sus virtudes, o cuando menos sus resultados. Inventa cosas. Va a la luna. Desarrolla las ciencias y la tecnología. Gracias a él tenemos dentistas y discos de Lola Beltrán y electricidad. El gringo ha aportado mucho a la civilización. Pero lo hace porque no está feliz.

Se me hace que el gringo vive en el presente y el futuro, pero el mexicano en el presente y el pasado. En tantos pueblos en los Estados Unidos, no hay edificios viejos. La gente destruye su pasado para erigir cajas feas de concreto y vidrio, modernas, eficientes, y bien electrificadas. Para el estadounidense, todo es ahora y pronto.

En los pueblitos mexicanos, en Tuxcueca, San Cristobal, San Pedro, todo es—sí—tranquilo, y uno siente la presencia del pasado. La iglesia suele ser vieja, de un estilo viejo, y los árboles enormes hablan silenciosamente
de siglos anteriores.

En los Estado Unidos, no hay siglos pasados. Hay iPods. Todo el mundo espera ansiosamente el nuevo iPod, con pantalla más grande, definición más alta, y más botones.

Llevo no más ocho años en México, y no pretendo ser experto en cosas mexicanas, pero se me hace que el mexicano entiende que vivimos y morimos, y en el gran esquema de las cosas los iPodes no cuentan por mucho. Sea lo que sea el propósito de nuestra existencia, coleccionar juguetes y coches no lo es. Hay un dicho estadounidense que dice, medio en broma, “Él que muere con más juguetes gana.” Medio en broma. Pero el que muere con más juguetes todavía está muerto.

Finalmente, el gringo no disfruta la tranquilidad porque vive aislado de la sociedad, de otra gente, de sus vecinos. Tiene sociedad pero no comunidad. Vive en un fraccionamiento grande, lejos de tiendas, de cantinas, de todo. Si quiere leche, necesita manejar cinco millas al centro comercio, donde nadie lo conoce. Es una sociedad masiva de desconocidos. No hay fiestas en las plazas. No hay plazas. Por eso, nunca está contento.
¿Cuál es mejor, la tranquilidad o la acción? No lo sé. Voy
al jardín para escuchar los pájaros.

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